2011: El valor de una sonrisa

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Susana Sánchez Alonso

La India es un país de contrastes. Coexisten múltiples religiones, clases sociales muy marcadas e importantes diferencias socioeconómicas. En Mumbai, la ciudad moderna con sus edificios de oficinas convive con los plásticos azules que, soportados por cuatro palos, dan cobijo en apenas tres metros cuadrados a una familia. Esto permite dos tipos de viajes diferentes, el turístico conociendo la riqueza artística de sus templos, palacios y edificios de la época colonial, y el de carácter solidario, vinculado a ONGs que te acerca a la riqueza humana de sus gentes. Yo elegí el segundo, y durante el mes de febrero, a través de Prokarde, las hermanas Carmelitas Misioneras me acogieron en la misión de Relwa.

La primera sensación que tuve al llegar a la India es de caos: Los claxon de los coches, el ir y venir de risops, motocicletas, bicis, autobuses, se entremezcla sin ningún orden en las calzadas, mientras intentan cruzar la calle personas y animales. Aunque el gran atasco se resuelve y se vuelve a crear sin discusiones y sin stress, ya que donde hay dos calzadas caben sin problema tres vehículos o cuatro dependiendo de su tamaño, y percibes que en medio del aparente desorden hay otro orden arbitrario que hace funcionar las cosas.

Pero ante todo lo que más me ha gustado de la India es su color y su alegría. La gente es amable, sonríe, no tiene prisa, les gusta bailar y cantar. Los sharis amarillos, naranjas, azules, rojos…colores alegres para vestir ojos grandes y sonrisas.

He sido feliz durante el mes de febrero en una de las cuatro casas-internado de niñas con pequeños dispensarios que las hermanas Carmelitas Misioneras tienen en el Gujarat. Allí llevan más de 40 años trabajando con los Adivasis, antigüos aborígenes de la selva, sin casta ni reconocimiento social. Vivían en la selva, hasta que esta desapareció .El incremento del precio de la madera de teca en el mercado occidental y la avaricia de los gobiernos locales hizo que se talara de la noche a la mañana. En estos años, las carmelitas les han ayudado a construir sus aldeas con casas de adobe y han perforado pozos para conseguir aguas subterráneas potables. Con los internados favorecen la educación de las niñas y con los dispensarios les dan una cobertura sanitaria mínima. Las mujeres al asociarse para conseguir microcréditos, tienen alguna posibilidad de poder comprar pequeños terrenos y alguna vaca o búfala. Actualmente, hay poca leña para que cada familia pueda hacer un pequeño fuego para cocinar y se está buscando la producción de gas natural con los excrementos de los animales. (¿Hasta que punto somos conscientes de que nuestras actitudes consumistas pueden ser la causa de la pobreza y miseria en los países más pobres?...).

La población de esta zona rural no padece hambruna, pero si tiene importantes déficits nutricionales de vitaminas y proteinas, bajo peso y las enfermedades típicas de la zona: malaria, sarna y parásitos intestinales. A estas se suman, casos de lepra, tuberculosis y SIDA, y otras como asma e hipertensión arterial son también bastante frecuentes. En el dispensario, trabajando junto con Teresa Artacoz, Genaben y Sainika, recibes del paciente respeto y agradecimiento, ya tan raros de obtener en mi consulta como médico en Madrid, y aprendes a no desperdiciar nada de material ni de medicación. Las gasas, los guantes son allí artículos de lujo. (¿Cuánta medicación se caduca en cada casa?, ¿cuantas veces se abusa de los servicios de urgencias o se falta a citas médicas?...).

La vivencia de la Fé Católica entre aquellos que la han acogido, es también sorprendente. Una cruz pintada señala las puertas de las casas. Un rincón sirve de oratorio con una imagen de Cristo y una Biblia envuelta en periódico para que no se ensucie. Los cantos acompañados por palmas en profunda meditación de las celebraciones Eucarísticas… Aquellos que nada tienen todo lo esperan de Dios-Padre. Se vive el presente y se confía en la Providencia. La vida es un don que se agradece cada día, aunque las necesidades básicas estén pobremente cubiertas.

¿Dónde está nuestro agradecimiento por todo lo que tenemos?, ¿dónde la alegría en las Eucaristías?...