2017 Un viaje a las Antípodas,... o casi

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Yo estuve en Ranchi

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Antes del viaje estaba dispuesta a sacrificar parte de la tara de la maleta que llevaba con tal de compensar hueco y peso con los 3 kg de caramelos, témperas, lápices, etc., que iban a constituir -eso pensaba- el paraíso de los niños que allí, al final del trayecto, me esperaban.

Cuando llegué a Ranchi, capital de la región de Jharkhand, me dominaba la errónea motivación de corazón y mente, la idea preconcebida de cualquier europeo, de que me iba a encontrar con un amontonamiento de chabolas ruinosas y, en cambio, tuve a mi vista un edificio moderno de tres plantas, con azotea y garaje anejo. Enfrente estaba el colegio en el que iban a transcurrir los próximos treinta días de mi aventura.

Mi bautismo de fuego se cumplió cuando me adjudicaron seis clases de kindergarten, categorías Nursery A y B, Lower A y B y Upper A y B; como en la guerra de Secesión norteamericana, en la batalla de Gettysburg, todo fue «llegar y combatir».

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La educación para estos niños no representa lo mismo que para sus iguales en un colegio y un programa educativo occidentales.

En los países europeos, la educación es un lujo, un adorno; en un país del Tercer Mundo, por el contrario, percibí que es como una sed, la nostalgia de una vida que el educador trae consigo de un país que quizá nunca se visitará.

Esto hace que la mirada de un niño del Tercer Mundo tenga lo que podríamos ayudar a explicar cómo una bondad dolorosa, cuya fuente de procedencia es todo aquello inexpresable de lo que se carece. ¡Había tanto anhelo en la mirada de esos niños por recibir cosas inesperadas de una persona cuyo tipo no les era familiar, que todas las mañanas algunos de ellos venían corriendo por el pasillo del colegio a recibirme con el júbilo estampado en la cara y una sonrisa de oreja a oreja, y se paraban en seco sin saber, a ciencia cierta, si saludarme, cómo debían hacerlo y reírse por no saber!

En esos momentos que estuve con ellos intenté enseñarles según los preceptos de la pedagogía convencional, manteniéndome al margen, en una objetividad de docente; pero no me daba cuenta de que, con el correr de los días, eran ellos, con esa bondad ancestral forjada en el sufrimiento y que las desigualdades afilan, los que me enseñaban algo a mí.

Tuve que desenvolverme entre muros casi monásticos por su austeridad, iluminándolos con historias y viñetas que ellos mismos, estimulados, dibujaban; dentro del cargamento de provisiones didácticas que había llevado, había una gran variedad de pomos de témpera y lápices de colores que distribuí entre ellos. (Hay que tener en cuenta que la mayoría no había visto un pomo de témpera en su vida y le pareció que el folio en blanco adquiría más claridad desde dentro como con una lámpara).

Mientras esto ocurría, afuera la lluvia arreciaba interminablemente debido a que estábamos en época de régimen de los monzones. Por tal razón, nos vimos en una situación, como sitiados, y hubo un par de días que las clases se suspendieron por la crecida mancomunada de dos ríos vecinos que unieron sus aguas.  

Precisamente, el 15 de julio, uno de esos días, pronuncié un discurso de agradecimiento ante un auditorio formado por las hermanas Philu, Manisha, Rose, Mery, Emilda y Lalita, los veinticinco profesores y los 750 alumnos.

Mi agradecimiento geográfico de entonces no me exime, por supuesto, de reconocer y agradecer el concurso de las personas que, en la otra parte del mundo, en donde vivo, hicieron propicia la oportunidad de realizar este viaje que tendrá sus consecuencias en el tiempo en cuanto a enriquecimiento académico y transformación espiritual, entre ellas la hermana María José que fue mi profesora universitaria en este último año lectivo, a quien más he de agradecer sus exhortaciones; la hermana Charo, secretaria técnica de PROKARDE; la hermana Emilda, pilar fundamental en la India y faro en un país desconocido para mí, y -los últimos-, pero no los menos- mis padres.

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